Pasaba a duras penas por el pasillo eterno que suele medir metro y medio, me chocaba con una pared y después con la otra. Segundos atrás lloraba en los brazos de una amiga hermana de esas que no te dejan, y luego, en ese momento, estaba riendo a carcajadas, sin entender nada, sin pensar en los vacíos ahora llenos de humo, de ilusiones alucinógenas, de luces que se apagaban y se prendían, de dolores que se alejaban y un pasillo con olor a antro.
Por la oscuridad de la madrugada, creía, no logré distinguir una bicicleta de Limbo. La saludé y escuchaba como se reían de mi error, nuestro vehículo de hacer las compras y pasear por las plazas no me movía la cola, y las risas se sentían mas lejos a la velocidad en que el Sol iba saliendo, tan rápido como aparecimos ahí, la tarde en que encontramos a la bolsa de pulgas en Grandisima, un parque pequeño por mas irónico que suene. Y me vi las manos agarrando a Limbo, tenía las uñas con brillitos violetas y unas zapatillas con mas flores que el jardín de mi abuela. Gire, y venía otra bicicleta, como la que hace unos segundos había saludado, y de ella bajaba una cara conocida que me miraba y me decía que no era un perro, no era un perro. Claro que no era un perro y con la misma precisión que lo iba notando esa cara de nena conocida me miraba con unos rasgos bastante mas adultos en medio de una alegría alterada.
Llegamos, después de unos cuantos minutos al fondo de la casa que por supuesto no era muy grande como para tardar tanto pero las maravillas de las metamorfosis que sufrían las cosas cotidianas nos detenían, después de un espectáculo danzante de utensilios culinarios que nunca hubiese usado. Mientras Julia intentaba acomodar un colchón en el piso para dormir antes que se haga realmente de día la veía, y creía que me caía pero para mantener el equilibrio movía las manos, me sentía un alga pero mi mente estaba quieta, solo miraba como preparaban una cama, ahora mas alta, mas grande. Escuché un trueno y estaba mojada, tenia otra ropa y el pelo me llegaba a la cintura, goteaba. Sentí como respiraba ese chico que terminando de acomodar las almohadas se dio vuelta preguntándome si estaba lista. Tenía sus ojos y en ese reflejo hermoso me vi llorar, con una presión en el pecho, y lo que en ese momento eran dudas y miedos ahora era tristeza, pero me sentía perdida, imposible de haber vuelto. Dije alto que todo iba a terminar mal y dos brazos me agarraron para que no caiga, pero fue en vano. Caímos las dos como payasos de circo, inevitable no reírse y otra vez hacer humo para quemar pasados.
Sin dormir todavía sentía dos elefantes en los ojos, mientas de costado miraba a mi al rededor hasta encontrarme con una sillita de madera rosa frente a una mesa de proporcionadas dimensiones. La silla de enfrente, la que no llegaba a ver parecía ocupada ya que podía escuchar una vocecita cantar. Levanté la cabeza para ver si Julia escuchaba esa canción que por algún motivo conocía, pero no estaba y en su lugar había una cuna con el nombre de su hermano menor. Sola y con esfuerzo me levante para ver de dónde venía esa voz. Podía verme, con dos colitas como un cocker inglés, esa cara redonda de nena boba, con un chupetín en la boca. Pude sentir que era de frutilla, lo sentía en mi boca, en su boca, la nuestra. Sentía ese sabor dulce y algo en la garganta. La mire bien, me mire bien, tenía los ojos mas cristalizados que una pileta de natación y en un parpadeo las lágrimas mas gordas que sentí caer por mi cara en toda mi vida. Nos miramos y lo sabía, él no vino a buscarla otra vez. Inmediatamente se secó la cara con los puños, que los sentí bastante suaves, era una linda lana y reconocía ese saco hecho por mi abuela para mi cumpleaños número seis. Me llamó la atención la rapidez con la que forzó una sonrisa enorme mirando a alguien que venía atrás mío. Me di vuelta y Julia me dijo que se había ido al baño, nos fuimos a las camas, la cuna, la mesa y yo ya no estabamos. Sin embargo, desde aquel "para toda la vida" inconcluso había dejado de estar.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario