lunes, 5 de octubre de 2015

Flores para mi muerte (cuento)

   -Tres veinticinco...gracias.
   Encontré un asiento. El señor que viajaba a mi lado leía lo que iba escribiendo, pero no comprendía más que todo el desvelo que llevaba. Estaba sin dormir hacía cinco días, podía verse a través de mis ojeras, mis ojos rojos, mis palabras confundidas y mezcladas...los movimientos lentos. Con verme se notaba, no era necesario leer mis penas. Me enojé, guardé mi cuadernillo deshojado y manchado, desprolijo pero sincero. Al señor no le importó mi enojo, no me preguntó si me molestó algo y eso me fastidió más. Yo estaba acostumbrada a que me preguntaran cómo me sentía todo el tiempo, que esten pendientes de mí, era consentida y mal llevada. Me convencí de que ese enojo se debía a que mis medias se caían, mis medias rayadas y favoritas que se estiraron cuando fueron usadas por mi prima. Noté qué estúpido era no reconocer que me enojé con un desconocido por leerme y más lo era echarle la culpa a un par de medias con agujeros en los dedos. Entonces, volví a sacar mi cauderno y escribí "usted es un viejo de mierda". El señor leyó, sonrió y siguió mirando. No lo enojó...no le importó. Otra vez, como acostumbraba, me sentí ignorada. Sólo lo sentía. Cambié mi enojo por angustia. Me preguntaba por qué no le importaba a este señor lo que le escribí y supuse que tampoco le importaba lo que sentía...entonces seguí escribiendo. 
   Quería irme y morir, o las dos cosas. Si me moría me iría, pero si me iba no necesariamente me moriría. Dependía todo de lo que haga primero, si me iba ya no iba a tener tantas ganas de morir...y yo quería hacerlo. Quizá tenía que irme y morir lento. Ese sería el plan. Lo estaba pensando demasiado por alguna razón. 
   Cuando me bajaba del 44 me gustaba bordear el cementerio de Chacarita, ahora rodeado de puestos donde ofrecían flores para los muertos. Uno atrás de otro, como vendedores ambulantes desesperados en el tren. La diferencia era que yo compraba siempre en el tren, lo que sea, hasta alfajores que jamás iba a comer, pero las flores eran para los muertos y yo todavía estaba viva. Otra vez esa ridiculez de enojarme con personas que no me conocían, pero me molestaban refregándome cosas por la cara que todavía no tendría que tener...todavía, que no había muerto. 
   Habían pasado dos meses desde ese día. Seguía viva, un poco menos, pero viva en fin. Seguía el mismo recorrido, la misma rutina.
   -Tres veinticinco...gracias. 
   Me senté, saqué mi cuaderno, miré a mi lado...el señor, el mismo de la última vez, el que me leía, él...con una barba un tanto más larga y sucia que la última vez. Me cambié de lugar y volvió a sentarse a mi lado. Ya no había otro lugar vacío. 
   -Yo puedo ayudarte a morir si vos me ayudas a volver a la cárcel.
   No entendí, pero el señor recordaba lo que yo escribí en el cuaderno aquella mañana. 
   -Yo no escribí eso.
   -Si, lo leí.
   -No escribí eso.
   -Lo leí de tus ojos. Sé darme cuenta cuando alguien desprecia la vida, lo pasé y lo reconozco ¿Sigo siendo un viejo de mierda?
Extraño se sentía que alguien entendiera lo que uno dice con palabras ocultas. No escribía que quería morirme, que me apasionaba la idea. -Dejame ir a la cárcel, dejame ayudarte. Me asuste, es lo que recuerdo. Sentí un dolor en el pecho, muy fuerte. Escuche gritos. No veía nada. En un abrir y cerrar los ojos estaba en la parada del colectivo, esperando, estaban demorados. Otra vez estaba sin dormir, supuse que me dormí parada y tuve un sueño extraño. Me sentí perdida, pero estaba convencida de que fue un sueño. Subí, el chofer no me cobro. Viaje parada y apretada, pero no me molestaba. Llegando al cementerio de Chacarita noto mucha gente horrorizada, un patrullero, algo tapado. Esquive gente, deseaba llegar a la estación para tomar el tren como nunca. Las personas me molestaban cuando estaban todas juntas en el medio del camino. Me di cuenta que había pasado algo, pero no me interesaba, me enojé con toda esa gente desconocida como siempre. Cuando pude escapar del tumulto, antes de cruzar la calle me llamo la atención que nadie me ofreció flores. Alcance mi vista hacia atrás, encontré el patrullero con un sujeto feliz sentado en la parte trasera. Las personas lo insultaban los policías lo vigilaban. Pude ver su cara, era él, el señor que me leía, el que había encontrado en mi sueño. Me desesperé, sentí como mis piernas se debilitaban. Miré mis pies, se movían, y al mirarme me vi lastimada, algo sangraba pero no dolía. No entendía que pasaba. Giré hacia donde estaba la gente y una fuerte brisa levantó la manta blanca que tapaba algo en el suelo. Ahí estaba yo, estaba muerta. Me lancé al piso y comencé a llorar. Nadie me ayudaba, nadie me contenía, nadie se daba cuenta que en realidad estaba viva. Nadie me veía. Yo quería estar muerta y él quería estar preso. Los dos logramos lo nuestro. Era el momento de empezar otra vida, otra muerte, era lo mismo. Todos los días me llevaba flores a mi lapida, flores amarillas y robadas de las que ya nadie me ofrecía.

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