En el desorden las cosas no están en su lugar y otras se pierden. Mi cabeza es un desorden del que no me avergüenzo porque no dejo pasar. A veces revoleo algo de lo que mas sobresale...lo que no entra bajo los muebles, y ahí está la herida.
Soy desordenada en los horarios, en los sentimientos, en las emociones (sentimientos o emociones, nótese la diferencia), en lo que respiro y aspiro, en lo que meto o saco, en las tormentas de soledad por la noche...esas que hacen que uno piense hasta encontrar la solución. No puedo pensar hasta las cuatro de la mañana, tengo miedo que el desorden se multiplique...es un secreto esto de que cada vez es mas grande, imparable, le tengo pánico a lo que pase cuando vengan a limpiar esta favela, no quiero perder lo bueno de ser una tonta farragosa, mas allá de lo cansador que sea luchar contra el polvo que me tapa los ojos, me ata las manos, me esconde la boca. Si hay algo bueno en este desorden, pero no encuentro cómo explicarlo...me hace mal al rendimiento y bien a los reflejos. Nunca es suficiente, sobre todo cuando te quedas en el tercer escalón de un edificio altísimo...siempre se puede más, el límite esta más allá de lo que, por norma, corresponde.
A veces no me puedo mover del lugar porque la basura no lo permite, y es que puedo...o debo, pero no quiero. No me agrada verme como soy o era cuando todo tenía su lugar...ocupaba mucho espacio y todavía. Me acelera la angustia pensar que quien quiera ordenarme terminará por arruinarme, todos lo hacen....creen, soy buena ocultando porque no quiero que me saquen de acá, me aferré y así estoy bien.
¿Qué es "bien"? Eso ya es otra cosa.
No quiero que entren a pulirme, acomodarme, ordenarme...no me interesa perder lo gris porque me llena de colores cuando no hay nadie.

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