domingo, 5 de julio de 2015

Ámbar cree que el amor es raro (cuento)

     El hecho de estar una tarde cualquiera, en una plaza de barrio cualquiera, con una vestimenta cualquiera, con un peinado cualquiera y hablándole a la nada como si fuera cualquiera hacía que Ámbar se viera como una cualquiera. Mientras, los que no son cualquiera, esos que son algo, llenaban de prejuicios a quien, con gestos y creída de tener un destinatario, charlaba con la nada. Sin embargo, ella seguía su discurso, porque no le importaba que un montón de personas escuchen su soledad, vean su desesperación y suponga su locura. Ámbar pasaba todas sus tardes así, hablando sola.
     En el invierno, los espectadores de la hermosa vista que tenía la plaza no aparecían con frecuencia, pero para Ámbar el frío no era un impedimento a su visita diaria. Ir a la plaza era lo que la sacaba de su luctuosa casa. Ella vivía sola en un mono ambiente vacío y oscuro que la ahogaba, tenía miles de cuadros familiares que se negaba a observar y dos gatos que solo iban por las noches a calentar su cama. En su alacena había más cucarachas que latas de legumbres y su heladera estaba llena de botellas y jarras de agua que bebía durante las noches de desvelo. El único objeto que irradiaba luz era un triste velador que usaba para leer todas las noches, no solo porque le fascinaba, si no porque llenaba el vacío de soledad aun más que inventar conversaciones con personas imaginadas. Su casa era triste, su vida era triste, ella era triste.
     Un día como otros, después de abrir sus ojos siendo ya cerca del medio día, Ámbar salió de la cama, tomó un vaso de agua, cepillo sus dientes y, después de abrigarse cual esquimal, salió rumbo a la plaza amiga. A dos cuadras de su casa vio un grupo de hombres que aparentaban tener entre treinta y treinta y cinco años ya que no se alejaban de la edad de la solitaria mujer. Verlos caminar juntos no le llamó más la atención que su envidia por no tener una compañía con quien pueda caminar así. Sus padres habían muerto, era hija única, su tía y su abuelo que cuidaban de ella habían muerto también el año anterior con una diferencia de cuatro meses, el resto de su familia vivía en el exterior del país, su mejor amigo se había suicidado cuando tenían, ambos, veinte años y el resto de sus amigos no eran tan amigos como para quedarse con ella en medio del dolor que la partida de Alejandro dejó como secuela...marido, novio, pareja, o lo que se le parezca al amor, nunca estuvo tan cerca de ella. Quizá este día no estuvo tan cerca, pero tampoco demasiado lejos.
     Después de estar horas sentada en un banco, apretando los puños por el frío, pensó en irse. El sol estaba bajando y junto a él la temperatura. Se detuvo, pensando qué podría hacer en su casa más que evitar ver los cuadros familiares, fotos donde se encontraba más sana, feliz, acompañada, fotos que no quería ver porque le producía angustia verse así y notar la diferencia, sufrir las ausencias. Se negaba a soltar lágrimas, ya que eso sería una muestra de que estaba viva y esa idea no le agradaba demasiado. De qué sirve estar vivo si no se está viviendo, porque para Ámbar respirar no era vivir...y aún de otro modo no lo es. Entonces decidió quedarse en la plaza al menos dos horas más, observando como las hamacas se movían solas, como el rocío mojaba y helaba su rostro, como sus dedos se volvían violetas y como sus suspiros se transformaban en humo.
    Por allá, frente al banco donde estaba instalada la desierta Ámbar, se comenzó a acercar una silueta de manera veloz. De repente esa figura se detiene y se sienta en un banco a poco menos de cinco metros de distancia de ella, cubriéndose la cara. Ella, con curiosidad se acercó y le preguntó si estaba bien. Se llevó una sorpresa cuando el chico que creyó que era en realidad dejo ver un rostro de hombre casi de su edad o un poco más chico. Él la miró y asintió con la cabeza.
-Hace mucho que no lloro...
-Tenés suerte.
-Yo creo que todo lo contrario, motivos para llorar me sobran, pero no tengo la habilidad.
-¿Siendo mujer, no lloras ni por amor?
-Tampoco tengo el agrado de conocerlo. Y ser mujer no me hace débil.
-Llorar no es de débiles, es de humanos.
-¿Y yo que soy?
-Además de hermosa, humana.
     Ámbar sintió que el hombre le estaba haciendo una broma por dos motivos. El primero porque nunca creyó que era hermosa, ni tampoco se lo dijeron. Y el segundo porque el hombre dejó de llorar y comenzó a decirle cosas con seriedad, pero que la hacían sentir maravillosa.
-¿Se te pasó la tristeza?
-Es algo que va y viene, pero vine a esta plaza y recordé cosas, entonces me dieron ganas de llorar.
-Claro, es eso...yo no recuerdo, para no llorar.
-Eso no esta bien.
-Quizá para vos.
     Llegaron las nueve y media de la noche y Ámbar seguía hablando con el hombre, quien se presentó con el nombre Santiago. Juntos se fueron de la plaza hasta que llegaron a la puerta de la casa de ella. Él la saludó y se fue. Al entrar a la casa miró las fotos que había por toda la casa, esas fotos que no veía hacia años, y comenzó a recordar...y por coincidente a llorar. Lloró de felicidad, de tristeza, de soledad...pero ¿qué era eso de llorar por amor? Ámbar comenzó a dudar si se lloraba por amor o de amor. Pensó entonces qué era el amor. Así se acostó como nunca, esperando un mañana.
     Al comenzar el nuevo día, abrió sus ojos y se sintió extraña. Miró el reloj que marcaban las ocho de la mañana, horario que nunca reconoció, o que siempre durmió. De repente escuchó un ruido molesto, era el timbre, pero al nunca sonar le costó reconocerlo. Cuando abrió la puerta y vio a Santiago sintió algo especial, y algo desesperante. La casa no estaba en orden como para recibir una visita que ella consideraba importante desde aquel entonces, pero él insistió y entró igual. Ámbar se sentía emocionada por tener con quien hablar, se sentía rara por estar despierta en la mañana, por estar con alguien, por estar desayunando, por sentirse bien por todo ello. Hablaron hasta el medio día.
-Antes de que te vayas, necesito que me respondas algo, estoy segura que vos sabés.
-Decime-respondió Santiago con duda pero tomándole el rostro por detrás de su cabello-¿Qué querés saber?
-¿Qué es el amor?
-Esto.
-¿Qué?-dijo ella mirándole la otra mano-¿Yo se que no es un objeto, pero...¿qué es?
-Es lo que sentimos cuando estamos enamorados, es lo que siento yo, por eso digo esto. Estoy enamorado.
-¿Y cómo te das cuenta? Quiero decir, ¿qué sentís cuando estás enamorado?
-Depende, podés enamorarte de personas...de objetos, de la vida también.
-¿Se puede?
    En ese momento Santiago agarró su cintura con la otra mano y la besó notando que ella no estaba acostumbrada a eso, pero que tampoco se negó.
-Como verás, yo estoy enamorado de la vida pero de vos también.
    Ámbar quedó callada, dejando que el se vaya. La puerta se cerró en su cara, quedando petrificada por minutos, preguntándose qué significó todo eso.
    Desde ese día la triste y aburrida rutina de Ámbar cambió, ya no se levantaba a las doce del medio día porque Santiago iba todas las mañanas a desayunar a su casa y en la mayoría de los días se quedaba hasta la noche. Ya no iba a la plaza para escapar de su casa, y esta estaba más iluminada,
más limpia, comenzó a arreglarse el pelo, a mirarse en el espejo con satisfacción cuando acostumbraba a hacerlo con desprecio, comenzó a cambiar su vida. Comenzó a creer que se estaba enamorando de la vida por haberse enamorado de Santiago.
     Fueron para Ámbar los mejores ocho meses desde que su vida terminó de derrumbarse. En ese tiempo hubo un cambio abismal en ella y en su mundo.
Pero todo era demasiado perfecto, demasiado vital para alguien tan enamorada de la muerte como lo estaba ella, sin embargo esta nunca dejó de estar a su lado en lugar de las personas que la vieron crecer.
Esa mañana, en la que terminó todo lo rosa, el timbre sonó una hora más tarde a lo habitual. Santiago llegó con una niña de unos cuatro años y pidiéndole perdón a su radiante novia. La niña era su hija, y su mamá la esposa de Santiago, que no podía cuidar de su hija ese día.
-¿Estás casado?
-Creí que sabías.
-Yo sabia que estabas enamorado de mí.
-Callate.
Un frío violento se apoderó de Ámbar, aún en pleno verano. Sintió bronca, ira y dolor, todo junto. Sus ojos se llenaron de lágrimas y le pidió que se vaya.
-Me dijiste que estabas enamorado de mí.
-Si, de vos.
-Y de la vida, ¿y tu esposa?
-Ya no siento nada por ella pero no se como decírselo.
-¿Y por tu hija?
-Tampoco-comenzó a tartamudear y a darse cuenta de lo que estaba diciendo-No es lo mismo.
-Estar enamorado es sentir amor por alguien, o algo. ¿No sentís amor por tu hija?
-Pero no hablo de ese amor.
-No me dijiste que había varios.
-Hay muchos. ¿Cómo no entendés eso?
En ese momento Santiago se fue, llevándose a su hija y avisando que iba a volver. Ella no respondió pero cuando la puerta se cerró rompió en llanto recordando aquella vez en que la puerta se le cerró en la cara dejándole un sentimiento hermoso llamado, supuestamente, amor. Ámbar comenzó a sentir esa soledad otra vez, como si le hubieran arrancado todo de un tirón mientras se cerraba la puerta. Pensó que debía hablarlo pero no tenía con quien...otra vez la soledad.
-¿Si eso era amor esto que es? ¿Qué es esto que no es lo mismo que sentía antes de sentir amor?
Nadie le respondía, y notó que había hecho de una persona un todo. Vaciló, buscando una solución ante semejante ahogamiento. Llamó a Santiago trece veces, pero nunca atendió. Recordó que tenía un arma calibre treinta y ocho de su abuelo debajo de su cama, por seguridad, porque por más triste que era su vida, jamás pensó en usarla para otra cosa hasta ahora. Llamó nuevamente, esta vez atendió. Le dijo que venga ya, que iba a matarse, que estaba desesperada, gritando y llorando le dijo que su vida no tenía sentido sin él. Santiago le decía que se calme y que no haga nada, se sentía en su voz y en su respiración lo desesperado que estaba, la hacía callar diciéndole que estaba cerca.
-Ya llego Ámbar, ya dejé a Olivia con sus abuelos, llego y te explico todo lo que quieras.
-No puedo entender, no sirvo.
-No digas así...no tiene nada que ver. Estoy cerca...
Ámbar dejó de responder pero escuchaba todo lo que Santiago le decía. Mientras pensaba en el amor, qué rara cosa era esa que se apoderó tanto de ella. Qué tan alto pudo elevarla para soltarla en un
fuerte impacto. Terminó por saber cómo se llamaba lo que sentía ahora que ya no amaba a su perfecto novio, ahora que sufrió ese engaño...era un odio profundo pero después de sentir amor, se llamaba de otra forma. Finalmente, aunque no segura de ello, pudo saberlo y entenderlo.
Santiago abrió la puerta sin pedir permiso, sin tocar el timbre, esperaba encontrarse con lo que había segundos antes que Ámbar descubra lo que descubrió, su novia en estado de paranoia. Se encontró con una versión de ella totalmente virulenta, con un maquillaje muy parecido a una vela derretida, con una forma de llorar que parecía por momentos reír y apuntándole con un arma a través de manos temblorosas.
-¿Qué haces?
-¿Vos qué haces? Sabes, ya sé que es esto...
-¿Qué es qué?
-Esto.
Desde la vereda, una señora que pasaba escuchó un disparo y llamó al policía de la esquina. El señor tocó timbre y Ámbar abrió sonriente dejando ver el cuerpo de Santiago en el piso.
-Desamor, Oficial...desamor.

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